siete poemas de amor

07.03.2016 17:45

 

¡Mátame!

Desángrame las venas de silencios,

confunde tu cuerpo con el mío

en un naufragio de barcos silenciosos.

Camina conmigo por la arena,

que tu mano no se suelte de la mía,

cuando nos vean caminar, será mentira

que las edades separan los amores.

Juega conmigo a hacer castillos en la arena

que luego las olas de la envidia

desharán en una noche de tormenta,

pero tú y yo sabemos

que en ese castillo dormimos

una noche de luna y silencios.

¡Mátame!

Con esa muerte que tú haces gozosa

sabiendo que soy espina y tú eres rosa

de un jardín de historias confundidas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

II

 

El río pasa,

el tiempo corre,

el silencio se acumula,

tu mirada me distancia.

Me llamas y no te oigo,

te encuentro y te separas,

voy a tocarte y te esfumas,

FUMAS.

Acaricio tu piel

y siento un vértigo

hacia un prohibido sitio

donde haces temblar

mi mano inquieta.

La ola llega,

las rocas se desangran,

la luna serpentea,

la vela se desgarra,

la noche se hace día

y no ha pasado nada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

III

 

¿Por qué no me llamaste?

¿Por qué te fuiste al mar sin avisarme?

¿Por qué dejaste que las algas te abrazaran

si yo no estaba?

La bella Ibiza se reflejaba en blancos

y tú te ibas sin mí

a jugar con las olas.

Yo estaba lejos,

pero no me llamaste,

no quisiste escuchar mi fiel consejo.

Espero ir a verte cualquier día,

quitar la lápida que te tiene tapado

y decirte cara a cara

que eso no se le hace

a quien te ha amado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

IV

 

¿Recuerdas aquella romería?

¿Aquella fiesta de amores desbordados?

¿La locura de colores y de besos?

¿Recuerdas cómo nos encontramos?

Te escondiste,

te busqué,

me encontraste,

te besé,

nos reímos,

me caí,

me ayudaste,

dije sí,

y la noche, sin pedirnos permiso,

hizo sábanas de amor

debajo de un cobertizo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

V

 

La nieve del Teide blanca

jugaba junto a la bruma,

el mar vomitaba espuma,

¿y tú, amor?

Tú no me hablabas.

Jugabas solo a mirarme

con tus ojos verdiclaros

de poeta marinero.

Las rosas de mi jardín

echaban fuego

y nuestro perro

ladraba en una esquina.

El drago se inclinó para besarte,

la palmera te tapó,

cuerpo desnudo.

Yo jugué a buscarte,

jardín mudo,

siguiendo un ritual,

no una costumbre.

Entonces comprendimos

que la vida

era un juego constante

de emociones,

tú, ladrón, y yo, robado.

A eso le llamo yo

amor sublimado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VI

 

Ese lugar oscuro y solitario,

que guardas entre columnas de alegría,

me corta el respirar,

me da la vida,

sintiéndome pequeño

entre tus brazos.

Consigo entonces

asirme como un niño

a tus pechos

de mujer engalanada.

Y me dejo deslizar

por la mañana,

que me conduce

al milagro de la vida.

Entro en el cuarto oscuro y juego

al juego del amor intransferible,

de sentirme querido y siempre amado

y saber que cuando juego no es pecado,

es un juego de niño consentido.

Amor que huele a flores,

no a cirios,

que hace levitar los sentimientos,

que transforma los dolores en contentos

y transmite la esperanza de la vida.

A ti, mujer, amante mía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VII

Si encuentras un fuego

que caliente y no consuma,

métete en él

y no pidas ayuda.

Se llama amor,

pero te han engañado,

te han dicho

que el amar era pecado.

-

El niño que jugaba en el charco de barro 

me miró sonriéndome despacio. 

Y al ver una lágrima en mis ojos, 

me preguntó si estaba enamorado. 

Yo le contesté que había muerto alguien, 

que estaba triste y solitario. 

El niño se levantó y me dijo: 

«Te regalo mi barco, 

podrás viajar a donde quieras, 

a donde no hay dolor, 

ven a mi charco».

-

En el otoño de mi vida,

la primavera se rió de mi esperanza.

Quedamos para hablar,

pero no vino.

Tenía miedo

a perder su elegancia,

pero mis canas le fueron enseñando

que aunque no viniera,

el invierno va llegando.