Madre

05.05.2019 10:11

Para vosotras, madres.
Sentada en la mecedora esperaba la llegada de sus hijos. Había preparado ya una comida que sabía les gustaría a todos, es más, había hecho platos diferentes para sus tres hijos y no le había importado el tiempo ni el trabajo. Fueron llegando poco a poco. El mayor, que había triunfado en la vida, vivía en el extranjero y le trajo una sortija con un brillante y le dió un beso en la mejilla. La segunda que vivía en la capital, a unos kilómetros de ella, le trajo una chaqueta muy bonita y un par de zapatos y claro está le dió un beso al entregarle el regalo. El más pequeño que vivía con ella y que la vida no le estaba ayudando mucho a triunfar, llegó con su novia desde dentro de la casa, exactamente desde la cocina, donde estaban terminando de prepararlo todo y de poner la mesa para todos. Aquella mañana la habían duchado y peinado, porque era muy presumida y su hijo pequeño y su novia lo sabían. Ellos habían hecho la comida siguiendo todas sus instrucciones. El hijo pequeño le puso la sortija con el brillante en el dedo de la mano y los zapatos que le había regalado su hermana, para que ellos la vieran guapa. La mujer del mayor, durante la comida, le preguntó qué regalo le había gustado más y ella, con una sonrisa en los labios dijo: Que estéis aquí hoy conmigo. Al atardecer fueron marchándose todos y solo quedaron el hijo pequeño y su novia. La novia al despedirse de ella, después de recogerlo todo, le dijo: Mañana vendré pronto para ayudarla y le dió un beso , solo eso. María, que así se llamaba la madre, le dijo al oído, tú eres mi mejor regalo, pero no se lo digas a nadie. El hijo pequeño encendió las luces de la casa y metió a su madre dentro. Estaba oscureciendo.